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Contrariamente a lo que le ocurre con el perro, el gato nunca se ha vuelto completamente dependiente del hombre, no tiene necesidad de él para sobrevivir y se puede contentar en utilizarlo para su propio beneficio. Esto explica la persistencia de cierta autonomía que subsiste de su instinto salvaje ancestral. Este último es más o menos marcado según el grado de domesticación, pero permanece latente, a la espera del momento adecuado para resurgir.
Todos los félidos actuales descienden de un ancestro común aparecido hace unos 34 millones de años, el proailurus. Las líneas de los grandes y pequeños felinos tuvieron lugar hace unos 10 millones de años y se dispersaron por todo el planeta. El Felis lunensis, que dio lugar al nacimiento del gato salvaje, apareció hace unos 2 millones de años y evolucionó dando lugar a tres tipos de animales diferentes: el gato salvaje europeo, el gato salvaje africano y el gato del desierto asiático.
Se ha llegado a la conclusión de que nuestro gato doméstico es el descendiente del gato salvaje africano. El gato doméstico, único felino que vive en compañía de los humanos, fue domesticado en la India y en Egipto, más o menos por la misma época. La primera etapa de esta domesticación tuvo lugar de forma natural y, sin duda alguna, por intereses mutuos. El hombre encontró en este animal el medio para eliminar las ratas de forma eficaz de sus reservas de grano. Por su parte, el gato encontró cobijo y comida al mismo tiempo. La domesticación fue el paso siguiente y, poco a poco, se fue desarrollando cada vez más.
Su territorio Con el paso del tiempo y gracias a arduas tareas de selección, el hombre ha conseguido socializar al gato doméstico. De este modo, el animal se ha acostumbrado a convivir cerca del hombre, pero no ha perdido por completo su instinto salvaje. Para constatarlo, basta con observar el miedo innato que demuestran los cachorros a los pocos días de nacer. Este comportamiento refleja la prudencia a lo desconocido, que es susceptible de poder ser un peligro para el cachorro. En algunas razas, este comportamiento perdura hasta la edad adulta, aunque las crías hayan sido socializadas desde muy pequeñas.
El territorio es una entidad de primer orden para el gato doméstico, sobre todo cuando debe cohabitar con otros congéneres. Es el sector que defiende alrededor de su madriguera, representada en este caso por la casa donde vive. La superficie de espacio que ocupe estará en función del alimento disponible. Cuando sus dueños le aseguran un aporte determinado de alimentos, de forma natural su territorio se ve más reducido. También está en función de la vida sexual del individuo. Como ocurre en la vida salvaje, el gato limita su territorio - su casa- poniendo marcas por todas partes, que tienen como denominador común el olor. Estas marcas pueden corresponderse a arañazos (mensaje olfativo y visual al mismo tiempo) o con los pequeños rociados de orina, utilizados sobre todo por los machos. Nacidos para matar Como sus ancestros salvajes, el gato está hecho para cazar. Incluso en nuestros días, aunque tengan la comida asegurada y de sobras, nunca desaparece del todo ese instinto. El gato ha mantenido todos sus sentidos muy desarrollados: puede ver por la noche y su gran agudeza auditiva le permite percibir cualquier ruido, por pequeño que sea. Basta que nos fijemos en sus fuertes mandíbulas cargadas de dientes pequeños pero afilados, para darnos cuenta de que está perfectamente preparado para la caza. Otra prueba suplementaria de esto, es su sistema digestivo que está adaptado a una alimentación prácticamente carnívora. El gato es un cazador solitario y paciente, capaz de esperar durante horas el momento adecuado para cazar a su presa.
Este comportamiento de cazador se aprende a edades muy tempranas a través del juego entre los cachorros de la misma camada. La madre es la que enseñará los gestos correctos a su prole. Ella les llevará pequeñas presas vivas con el fin de que sus pequeños las maten y se vayan habituando a la técnica. Instinto territorialDe su ancestro salvaje, el gato doméstico conserva un fuerte instinto territorial. La superficie de su territorio se compone de diferentes zonas, más o menos extensas, cada una de las cuales representa una función determinada. De este modo, encontramos: - una zona de caza, que no es dija y se puede desplazar en función de los diferentes momentos del día o de la noche
- una zona para dormir y descansar, donde no está autorizada la entrada de ningún extraño
- una zona de contacto con otros animales
- una zona de ingerencia, donde el centro es el propio gato. Este espacio varía en función del estado anímico del animal y nadie puede entrar en él bajo pena de agresión. El animal sólo permitirá la entrada cuando esté de buenas y, entonces, incluso dejará que lo acaricien.
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